Grecia, 2016

JAVIER BERNATAS GARAU

Ritsona – Grecia   Aterricé en el diminuto aeropuerto de Lesbos a principios de marzo, cuando esta isla griega en forma de cruasán atraía los focos mediáticos de medio mundo y los helenos parecían hacer lo que buenamente podían para recibir y brindar asistencia a las miles de familias que, amenazadas de muerte en sus países, lo dejaron todo de la noche a la mañana y se embarcaron en una huida con destino la paz que resultaría ser mucho más larga y dolorosa de lo esperado.

Mientras ellos llegaban por mar, a bordo de desvencijadas barcas neumáticas atiborradas de niñas, ancianos, mujeres embarazadas y maletas repletas de espantosos recuerdos todavía muy recientes, nosotros aterrizábamos en la minúscula pista de aterrizaje de Mitilene, a escasos cinco kilómetros de la encantadora capital de la isla. Sus estrechas calles, colmadas de tiendas de souvenirs, bares de copas y familias occidentales disfrutando de las terrazas al borde del mar con vistas al puerto, parecían querer subrayar el contraste entre nosotros y ellos.

Empecé a trabajar en Moria, el centro de registro de solicitantes de asilo a donde los autobuses de ACNUR les conducían a ellos desde las playas de Lesbos nada más tocar suelo Europeo. En la zona más alta de la colina de Moria, Lighthouse Relief (una pequeña organización de voluntarios sueca) habilitó un área para familias. Atendíamos a hombres, mujeres y, sobre todo, niños. Pasábamos las frías noches recibiendo autobuses repletos de gente, distribuyendo mantas, ropa seca y agua. Acompañábamos a las familias hasta los dormitorios, donde compartían techo con otros refugiados (a veces más de 40), venidos en su mayoría de Siria, Irak, Afganistán y Pakistán. Éramos su primer contacto con Europa.

FullSizeRender-3.jpgRefugiados sirios recién llegados a Lesbos reciben mantas en Moria. / JAVIER BERNATAS

Moria. Lo que en el pasado fue una cárcel rodeada de vallas metálicas y alambre de espino, era ahora un centro que albergaba, por encima de todo, las esperanzas de miles de personas. A pesar de la naturaleza fría y hostil del recinto, se percibía en el ambiente una especie de felicidad ahogada. Al bajar del autobús, largas colas de refugiados esperaban, pacientes, a ser registrados como tal. Estamos a salvo, se repetían unos a otros. Algunos nos abrazaban. Habían dejado atrás cinco largos años de olor a sangre y muerte; eternas caminatas por las montañas de sus respectivos países hasta cruzar la frontera; semanas –cuando no meses– de arresto en cárceles turcas; palizas por parte de las autoridades… Y habían sobrevivido, también, a una peligrosa travesía a bordo de pequeñas barcas neumáticas que octuplicaban su capacidad, desde las costas turcas hasta Lesbos. Sabían, sabían muy bien, que otros no habían corrido la misma suerte.

La escena se repetía varias veces al día: cuando el autobús abría sus puertas, varias docenas de personas bajaban, desubicadas y casi siempre empapadas, ¿dónde estamos?, ¿cómo se llama esta isla?, ¿seguro que esto es Europa?, ¿cuándo podré irme a Alemania?, ¿y tú por qué hablas árabe?, ¿eres sirio?, y así pasábamos las horas, intentado responder a las pocas preguntas cuya respuesta conocíamos a ciencia cierta. Y entre conversación y conversación, empaquetábamos donaciones de ropa, organizábamos el almacén, distribuíamos zapatos, comprábamos juguetes en los grandes almacenes de la isla y planeábamos actividades para los más pequeños.

Las familias que hospedábamos pasaban entre dos y siete días en la zona que habíamos habilitado en Moria, reponiéndose física y psicológicamente, a marchas forzadas, de las bofetadas que les habían dado sus gobiernos, los grupos terroristas, los soldados en las fronteras, las mafias, las olas, su Dios, la vida. Tras el breve paso por Moria, seguían su ruta: ferri a Atenas, y desde la cuna de la democracia reanudaban la marcha hacia el norte de Europa para acabar pidiendo asilo en Alemania, Bélgica, Suecia u otro país de la Unión. Aquel relato, sin embargo, formaba parte del pasado. Desde hacía varias semanas, Macedonia había cerrado sus fronteras, dejando a miles estancados en la frontera norte de Grecia.

La situación tomó un giro de 180 grados en un instante. La madrugada del 19 al 20 de marzo, en Moria, viví las horas de mayor angustia que recuerdo. El acuerdo, el pacto, el crimen premeditado, firmado varias semanas antes por la Unión Europea y Turquía, iba entrar en vigor. A partir de entonces, cualquier refugiado que llegara a Europa sería deportado de nuevo a ese “país seguro”, el de Erdogan, donde los Derechos Humanos más elementales son pisoteados de forma sistemática (según apuntan varias organizaciones, decenas de refugiados han muerto tiroteados al intentar cruzar la frontera entre Siria y Turquía). El acuerdo fue muy sencillo: la Unión Europea pagaría varios miles de millones de euros a Turquía para desentenderse del drama. Pagar, y mirar hacia otro lado. El problema ya no es mío, sino tuyo. Europa, con la conciencia tranquila; Turquía, con las arcas más llenas. Y todos contentos. Todos, menos ellos. Como casi siempre.

Noche cerrada en Moria. Era inminente. Llegaron, durante aquellas horas, más refugiados que nunca. Los autobuses iban y venían, a un ritmo frenético, cubriendo la ruta entre las playas y Moria. Oleadas de familias, cubiertas en salitre, sudor y lágrimas, desembarcaban en el centro de registro suplicando que no les deportásemos. Aquella noche, voluntarios y personal humanitario de varias oenegés trabajamos sin descanso para agilizar las distribuciones y conseguir que se registrase el mayor número posible de refugiados. Pasó la noche en un suspiro, volaron las horas.

FullSizeRender-3 copia 3.jpgLos chalecos salvavidas de miles de personas que hicieron la peligrosa travesía entre Turquía y Lesbos descansan a lo alto de una colina al norte de la isla. / JAVIER BERNATAS

Estaba cargando media docena de mantas para cubrir a dos niñas que presentaban síntomas de hipotermia, cuando alguien que trabajaba para otra organización, no recuerdo quién, me cogió del brazo y señaló la zona de registros. Eran las seis en punto de la mañana. No cruzamos palabra. Lloviznaba y hacía frío. Nos quedamos en silencio, paralizados, mirando a nuestro alrededor. Cientos de refugiados esperaban pacientemente en la cola a ser registrados. Esperaban en vano: el registro acababa de terminar. A partir de aquel instante, el pacto de la vergüenza entraba en vigor no solo en Moria, sino en todos los centros de registro de las islas griegas. Todos esos niños, mujeres solas, familias enteras, todas y cada una de aquellas personas que inundaban Moria al amanecer del día 20 de marzo eran ahora inmigrantes ilegales cuyo destino inevitable era la deportación a Turquía.

Al día siguiente, el gobierno griego expulsó a las oenegés y organizaciones humanitarias que trabajaban en Moria. En apenas diez horas, desmantelamos la zona habilitada para familias a la que habíamos dedicado tanto sacrificio, con una sensación de fracaso indescriptible: nos estaban obligando a abandonar a los refugiados, a dejarlos a merced de la policía y ejército griegos, sin poder siquiera garantizar que sus derechos más básicos fueran respetados. Moria ya no era un centro de registro, nos decían las autoridades, sino un centro de detención. Volvía a ser la prisión que algún día fue. Ahora, sin embargo, no albergaba a delincuentes, sino a cientos de familias inocentes cuyo único crimen era huir de la guerra en busca de un futuro de paz para sus hijos.

***

El pequeño avión de hélices delanteras se elevó de la pista a duras penas, azotado por un violento viento lateral procedente de la costa turca que zarandeó el aparato provocando más de un grito de espanto entre los pasajeros. Habían pasado dos días desde nuestra expulsión de Moria. Llegué a Salónica, donde alquilé un pequeño Fiat Punto rojo que iba a acompañarme durante las siguientes semanas, y puse rumbo al norte, hacia la frontera entre Grecia y Macedonia.

Al llegar a Idomeni, me di de bruces con un panorama absolutamente desolador. Por aquel entonces, más de quince mil refugiados acampaban en pequeñas tiendas de campaña a lo largo de la valla fronteriza, a escasos metros de Macedonia, que había cerrado sus puertas a cal y canto unas semanas antes. Me reencontré, de casualidad, con algunas familias sirias que habían pasado por Moria y con las que había mantenido largas conversaciones sobre sus vidas rotas en un país en guerra, sus miedos, sus penas y sus esperanzas. Ver aquellas caras conocidas me reconfortó y entristeció a partes iguales.

Planté mi tienda de campaña en el patio trasero de un motel de carretera, a pocos kilómetros de la frontera, cerca de las tiendas de otros voluntarios. Los voluntarios independientes, que por aquel entonces éramos varios cientos de personas, nos organizamos por equipos y, en función de nuestras habilidades, estuvimos dando apoyo a distintas organizaciones o grupos independientes en Idomeni y los campos de la zona. Estuve cinco semanas trabajando en el asentamiento de Eko, una gasolinera en torno a la que se hacinan más de 2000 personas. Tanto en Eko como Idomeni, la mayoría de las grandes oenegés eran lentas e ineficientes, cuando no brillaban por su ausencia. Los voluntarios, en cambio, lograban, junto con el gran trabajo de las organizaciones más pequeñas, un impacto mucho mayor en el día a día de los refugiados estancados en la región: distribuciones masivas de plátanos, pan, agua o ropa formaban parte de nuestro día a día en Idomeni.

FullSizeRender-3 copia.jpgTiendas de campaña en las vías del tren en Idomeni, a pocos metros de la frontera entre Grecia y Macedonia. / JAVIER BERNATAS

Las cinco semanas pasaron volando. A menudo me despertaba a media noche tiritando de frío, abrigado hasta las orejas dentro de mi saco de dormir, y mis pensamientos viajaban inevitablemente a las tiendas de las miles de familias que, a pocos kilómetros de allí, estaban en mi misma situación, pero sin ninguna opción de marcharse. Nosotros acampábamos por un tiempo definido, estábamos allí por decisión propia y podíamos volver al calor de nuestros hogares en cualquier momento. Ellos no habían corrido la misma suerte: la lotería de los pasaportes, la perdieron nada más nacer. Cientos, miles, millones de personas estancadas en campos de refugiados porque sus papeles dicen Siria, Irak o Afganistán. Cuestión de suerte en la tómbola de la vida.

Idomeni me recordó, una vez más, que las noticias que llegan a nuestras casas desde el terreno están, muchas veces, a las antípodas de la realidad. Las agresiones y disturbios con la policía que inundaban telediarios de medio mundo no eran más que aisladas excepciones. Además de hacer gala de una paciencia infinita, el espíritu pacífico y solidario de los refugiados nos dio una profunda lección a los voluntarios allí reunidos. Las mujeres viajando solas con sus hijos se contaban por cientos. Muchas de ellas viudas, otras esperando a reunirse en un país europeo con sus maridos, donde habían conseguido llegar unos meses antes, cuando las fronteras estaban abiertas. Me contaban que los hombres se marcharon antes para evitar exponer a sus hijos y mujeres al riesgo de ser arrestados o asesinados por las mafias, grupos terroristas, ejércitos en las fronteras, o de acabar al fondo del mar Egeo. Cuando llegaron a su destino, hicieron la llamada a sus familias. Y ahora que Macedonia había echado el cerrojo, padres e hijos, hombres y mujeres, se habían quedado separados.

En cierto modo, uno se vuelve inmune al dolor ajeno. O al menos, esa es la sensación más inmediata. El factor psicológico juega un papel fundamental entre los voluntarios que, durante semanas, están expuestos al drama diario de las familias de refugiados. Día sí, día también, la gente se derrumba emocionalmente. Por turnos, como por arte de magia, un día yo, otro día tú, y, al tercer día, todos con las pilas cargadas de energía de nuevo y una necesidad irrefrenable de seguir aportando el diminuto grano de arena correspondiente.

Me fui de Idomeni a mediados de abril, llevándome conmigo una mochila cargada de amistades y recuerdos imborrables. Decenas de historias que, más que materia de crónicas y reportajes, bien podrían ser las sustanciosas bases de una exitosa novela de ficción: más drama e injusticia eran difíciles de imaginar. La última noche, apenas pegué ojo. Me iba, me iba para siempre de aquel maldito enclave en el que sufrimiento y dignidad caminaban de la mano hasta acabar por confundirse.

FullSizeRender-3 copia 2.jpgFamilia de refugiados en Idomeni / JAVIER BERNATAS

***

En la próxima entrada hablaré de Ritsona, una base de las fuerzas aéreas griegas abandonada donde malviven 750 refugiados en condiciones muy precarias y donde he pasado los últimos dos meses.

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Idomeni, al límite de la esperanza

JAVIER BERNATAS GARAU

Idomeni – Grecia   El diminuto cuerpo de Um Khaled yace en la cuneta. Nació hace 88 años en Alepo, Siria. A lo largo de sus casi nueve décadas de vida, las ha visto de todos los colores. Desde hace ya más de cinco años, cuando el régimen del presidente sirio Bashar al-Asad respondió con una contundencia desmesurada a las primeras protestas pacíficas en Siria, ella y sus compatriotas han visto a su país convertirse en una tierra de muerte y destrucción. Más de 250.000 personas han fallecido desde el inicio del conflicto, según las cifras oficiales, y millones de familias han abandonado sus hogares en busca de refugio. Jordania, Turquía y el Líbano cuentan hoy con altísimos porcentajes de refugiados entre su población.

Um Khaled y su familia emprendieron la huida hace dos meses. Tras dos semanas recibiendo un trato inhumano en Turquía, decidieron buscar refugio en Europa. Pagaron a las mafias gran parte de sus ahorros para cruzar a Lesbos, una de las islas griegas más próximas a la costa occidental turca que ha recibido un mayor flujo de migrantes. “La travesía”, de algo más de dos horas y media, “se nos hizo eterna, me pareció que pasamos la noche entera en el mar”, recuerda Mahmoud, que iba en la misma neumática, de nueve metros de eslora, junto a otras 58 personas. En barcas como esta viajaban los cientos de personas que se han dejado la vida en el Mediterráneo y el mar Egeo en los últimos meses.

Tras pasar por los centros de registro (ahora reconvertidos, desde la entrada en vigor del pacto entre la Unión Europea y Turquía el pasado 20 de marzo, en centros de detención como el de Moria, en Lesbos), los refugiados han seguido, durante los últimos meses, su camino hacia el norte, pasando por Macedonia y emprendiendo la famosa ruta de los Balcanes hasta conseguir asilo en un país europeo. Pero eso ya es historia. Macedonia cerró sus fronteras hace varias semanas y, desde entonces, miles de refugiados se agolpan a las puertas de un país que se ha llevado por delante las esperanzas de decenas de miles de personas. En Idomeni, un pueblo hasta hace poco desconocido para la mayoría, acampan hacinadas más de 10.000 personas que se encuentran entre la espada y la pared. Atrás, un país, el suyo, en ruinas y extremadamente peligroso. Y delante, una alambrada de espino que marca el final de la que iba a ser su ruta hacia la paz: una Macedonia cerrada a cal y canto.

Así las cosas, miles de familias de refugiados acampan en Idomeni y a sus alrededores, a la espera de una solución. Desde hace ya varias semanas, organizaciones humanitarias y grupos de voluntarios venidos de muchos rincones del mundo intentan paliar las necesidades más básicas de todas estas personas. El otrora desconocido pueblo griego de Idomeni se ha convertido no sólo en un enorme campo de refugiados, sino también en el centro de operaciones de miles de almas que pretenden devolver algo de dignidad a las víctimas, inocentes y olvidadas, de una de las guerras más sangrientas de las últimas décadas.

Al atardecer, el parking de un hotel de carretera a escasos kilómetros de Idomeni se convierte en el punto de encuentro de decenas de voluntarios que preparan comida, seleccionan ropa y otras donaciones, cargan y descargan camiones llenos de mantas y coordinan equipos de trabajo para volver al trabajo al día siguiente, con destino Idomeni o cualquiera de los otros asentamientos improvisados que salpican la zona.La desesperación y, sobre todo, la impaciencia, se están apoderando poco a poco de todos estos niños a los que les han robado el futuro, padres en busca de dignidad y mujeres a las que se les rompe el alma y saltan las lágrimas al hablar de sus hijos. “A pesar de las bombas y la muerte, empiezo a pensar que estábamos mejor en Siria que aquí”, dice Ahmad levantando la vista al cielo.

Mientras tanto, las trabas burocráticas y la falta de información enervan a refugiados y voluntarios. El proceso de petición de asilo empieza por una entrevista por Skype, para la que hay que pedir hora y que solo tiene lugar un día a la semana, entre las nueve y las diez de la mañana. “He intentado llamar más de cincuenta veces y nadie coge el teléfono, están saturados”, explica Abu Hamza, al borde de un ataque de nervios. Camina con muletas y tiene a cinco hijos a su cargo, con los que acampa en un asentamiento cercano a Idomeni desde principios de marzo. Después de la entrevista se analiza cada caso y, en función de la procedencia y circunstancias de cada refugiado, comienza el proceso de solicitud de asilo, que puede llevar varios meses.

La situación en Idomeni, que empieza a recordar a algunos de los peores episodios de la Europa del siglo XX, empeora cada día. El agua corriente escasea, muchos sobreviven con un pequeño bocadillo y una naranja diaria, y el frío nocturno hiela a los más pequeños. Además, los equipos médicos no dan abasto. La semana pasada, un hombre se prendió fuego y solo la rápida reacción de algunos de sus compañeros evitaron una tragedia.

El diminuto cuerpo de Um Khaled yace en la cuneta. Esta física y psicológicamente exhausta. Derrotada. Muy probablemente, la vitalidad de su bisnieto es lo que la mantiene con vida. Recurriendo al hilo de esperanza que les queda, Um Khaled, su bisnieto, y los otros miles de damnificados por la violencia extrema que azota sus pueblos solo esperan que la generosidad de los voluntarios europeos se vea reflejada en las decisiones que toman sus gobernantes. Por el momento, el viento que llega a Idomeni desde el corazón de la Unión Europea sopla en la dirección opuesta.

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Voces de Zarqa: Ayat, Khaled y Habiba, superando la discapacidad

JAVIER BERNATAS GARAU

Zarqa – Jordania   “Me gustaría encontrar un trabajo. Mi sueño es ser secretaria”. Sentada en una vieja silla de ruedas, Ayat interrumpe el relato de su vida para hacer conjeturas sobre el futuro. Sufre una parálisis parcial que no le permite mover la parte superior del cuerpo. Nunca ha caminado. Pese a lo mal que le ha tratado la vida, esta joven de 21 años no pierde la esperanza. Huérfana de padre y madre, es la mayor de sus hermanos. Son cinco en casa. Subsisten gracias a una pequeña ayuda económica que una ONG local concede a jóvenes huérfanos. “Gracias a Dios, mis hermanos me ayudan mucho tanto en casa como en mis desplazamientos”, asegura, sin apenas fuerzas para sonreír.

Ayat es una de los más de 20.000 residentes registrados en el campo de refugiados palestinos de Zarqa –más conocido como el Blue Camp–, el más antiguo de Jordania, erigido tras la oleada de personas desamparadas que provocó la guerra Árabe-Israelí de 1948. Más de seis décadas después, el campo ya solo se diferencia del resto de barrios de la ciudad por la estrechez de sus callejuelas y la elevada densidad de población que alberga su escaso kilómetro cuadrado. Hace ya muchos años que las tiendas de campaña fueron sustituidas por los humildes edificios de dos o tres plantas que hoy conforman el asentamiento. La sangrienta guerra en Siria, que comenzó hace ya más de cuatro años, ha convertido el Blue Camp en un barrio repleto de población refugiada procedente del país vecino y de jordanas y jordanos sin recursos. En el campo se concentran las personas más vulnerables de Zarqa, la ciudad con mayor tasa de pobreza de todo el país.

En una de las calles adyacentes al atestado mercado principal, el Comité de Desarrollo de la Comunidad (CDC, por sus siglas en inglés), socio local de Movimiento por la Paz –MPDL-, y con la aportación económica del Ayuntamiento de Toledo, proporciona asistencia a los sectores más vulnerables de la zona. Población local y personas refugiadas sirias y palestinas componen el grueso del colectivo destinatario de los proyectos que aquí se implementan, dirigidos a personas con discapacidades de todo tipo.

“Mi vida ha cambiado por completo en los últimos años”, prosigue Ayat. Empezó a acudir al CDC para recibir sesiones de tratamiento a principios de 2011. Desde entonces, va dos veces a la semana. En el CDC no sólo recibe asistencia física –recientemente se le ha entregado una silla de ruedas eléctrica que utiliza para moverse por casa y una ayuda económica de unos 180 euros–, sino también psicológica. “Hace cuatro años no tenía objetivos en la vida, ninguna esperanza”, asegura. “En este sentido, el CDC me ha cambiado la vida. Ahora soy mucho más independiente y, lo que es más importante, tengo autoestima”.

Los Community Based Rehabilitation (CBR) Programmes

Participando activamente en los proyectos que se implementan a través de los Community Based Rehabilitation (CBR) Programmes, el Movimiento por la Paz no sólo potencia las habilidades tanto físicas como mentales de las personas discapacitadas en Jordania, sino que también trata de promover y proteger sus derechos a través de significativos cambios en las comunidades, como por ejemplo, eliminando las barreras a su participación. Las personas beneficiarias  de los proyectos del Movimiento por la Paz son acreedoras de una serie de derechos básicos –el derecho a la salud o a la educación, entre otros–cuya violación es una causa más de su situación de riesgo; es, por tanto, uno de los principales objetivos de la organización que estas personas dispongan de los conocimientos necesarios para reclamar lo que les pertenece y conseguir vivir en una situación de igualdad en la comunidad.

Khaled tiene tres años. Es autista. No es el único que sufre las consecuencias de su enfermedad. Su madre, Nura, se dedica en cuerpo y alma al cuidado y educación de su hijo. Huyó de Siria junto a su marido y Khaled hace justo un año. Tras un paso fugaz por Ma’an –localidad del sur de Jordania– se instalaron en Zarqa. La enfermedad del niño es sólo una de las múltiples dificultades a las que tiene que enfrentarse esta familia de refugiados que no disponen de permiso de trabajo. La drástica reducción de los fondos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) desde enero de este año les ha afectado de forma directa, y durante los últimos meses hacen lo que buenamente pueden por subsistir. Nura –embarazada de su segundo hijo– y Khaled acuden al CDC todas las semanas, donde el niño recibe tratamiento gratuito y participa en actividades enfocadas a desarrollar su mermada interacción social. “Poco a poco, mi hijo empieza a responder a estímulos y está menos agresivo”, explica Nura. A su lado, Khaled juguetea al ritmo de las cacofonías provocadas por su exaltación.

A su corta edad –cumplirá cuatro años el mes que viene–, Habiba sufre una enfermedad circulatoria y es muda. Acude al CDC desde principios de 2014. “No puede realizar algunos movimientos, ni siquiera levantar pesos ligeros”, explica su madre, Emira, una jordana de 30 años recién cumplidos y madre de otros tres críos. Aunque la progresión es lenta, Emira ve señales de mejora tanto en la salud como en las capacidades y el crecimiento de su hija. “¡Ahora, por lo menos, duerme toda la noche!”, exclama entre risas. “Gracias a Dios”, prosigue, “tanto el material que recibimos en el CDC como las sesiones a las que acude Habiba suponen un apoyo muy importante para nosotros y están mejorando nuestra calidad de vida”. El marido de Emira, Mohammad, vende verduras en un mercado callejero de Amman. De sus modestos ingresos viven los seis miembros de esta familia jordana a la que el CDC le hace la vida un poco más llevadera.

Igual que Ayat, Khaled o Habiba, decenas de personas con discapacida reciben apoyo diario en el CDC del Blue Camp, dotado de varias aulas destinadas a las sesiones de apoyo psicológico así como de personal especializado y material técnico para asegurar una asistencia íntegra y eficaz a los beneficiarios.

– See more at: http://www.mpdl.org/noticias/oriente-proximo/derechos-humanos/voces-zarqa-ayat-khaled-habiba-superando-discapacidad#sthash.Ef7wJsns.dpuf

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Amman se echa a la calle en homenaje al piloto asesinado por el EI

JAVIER BERNATAS GARAU

(Crónica publicada en el Diario de Mallorca el 07/02/2015)

Amman – Jordania   Jordania está de luto. Miles de personas se han dado cita este viernes frente a la mezquita Husseini, en el corazón de Amman, y han emprendido una marcha en solidaridad con la familia de Moaz Kasasbeh, el piloto jordano al que el Estado Islámico (EI) quemó vivo y cuyo macabro vídeo, aparecido el pasado 3 de enero, ha conmocionado a la sociedad jordana. Después de la oración de las 12, los manifestantes, ataviados con banderas del país, fotos de Kasasbeh y del Rey Abdullah II, han recorrido poco más de un kilómetro por las calles del centro de la capital reclamando venganza.

Durante la protesta, que se ha desarrollado sin incidentes, se han oído consignas contra el EI y cánticos en apoyo al gobierno. Para sorpresa de muchos, incluso la reina Rania se ha dejado ver portando una fotografía del piloto. Al final de la marcha, un pequeño grupo de manifestantes ha quemado una fotografía de Abu Bakr al-Baghdadi, líder del grupo terrorista que desde hace varios meses acapara la atención de los medios de comunicación internacionales tras las decapitaciones de periodistas occidentales.

Tres días después de la noticia de la muerte de Kasasbeh, el piloto sigue en boca de todos. Según Mohammad, de 45 años y natural de Amman, “los miembros del EI no son musulmanes, ni siquiera son personas”. Son muchos, cada vez más, los jordanos que piensan como Mohammad. Se calcula que menos del 3% de la población jordana tiene una opinión positiva del grupo terrorista.

Si en Amman quedan dudas respecto al papel que debería jugar Jordania en la coalición contra el EI, poco a poco se van disipando. “Quiero que mi país luche y acabe con ellos”, decía otro de los manifestantes, “estamos con nuestro rey y apoyamos su decisión de ser un miembro activo de la coalición”.

Tras conocerse la muerte de Kasasbeh, la reacción por parte de Jordania no se ha hecho esperar. Menos de 24 horas después de la aparición del vídeo, Jordania ejecutó a dos terroristas vinculados a Al-Qaeda (Sayida Rishawi y Ziyad Karboli) como represalia. Además, el reino Hachemita ha intensificado los bombardeos sobre bases del EI en Siria durante las últimas horas. “Nuestra guerra será implacable y los golpeará en su propio terreno”, avisó el rey Abdallah el jueves.

Poco a poco, el luto va dejando paso a la sed de venganza. Jordania, único país miembro de la coalición contra el EI que comparte frontera con Irak y Siria, ha declarado una guerra sin cuartel al grupo terrorista.

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Je suis Charlie

JAVIER BERNATAS GARAU

Amman – Jordania   Me despierto hoy con la irreprimible necesidad de escribir algunos de los pensamientos que me invaden desde ayer por la mañana, cuando el corazón de París –y mi corazón, y el tuyo, y el de la hija de Wolinski, y el de los familiares de Charb, y de Tignous, y de Cabu, y de los demás– fue atacado brutalmente por tres cobardes asesinos. En apenas unos minutos, dos animales (quizás tres, la policía todavía no lo ha confirmado mientras escribo), cubiertos de pies a cabeza y armados con fusiles kaláshnikov, entraron en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo y asesinaron a sangre fría a varios de los periodistas más emblemáticos de la revista. Una revista que, gracias a su carácter provocador, comprometido y, sobre todo, libre, se ha convertido en todo un símbolo de la libertad de expresión en Francia. Más de veinte años lleva ya Charlie Hebdo llevando portadas rebeldes, exageradas, valientes, brillantes y, sobre todo, libres, a los kioscos franceses. Portadas que han provocado la ira de algunos y las carcajadas de otros. Portadas que no han dejado indiferentes.

No debieron de dejar indiferentes a esos tres tipejos fanáticos las caricaturas del profeta Mahoma publicadas a todo color en Charlie Hebdo. Alguna, precisamente, marcando una clara distinción entre musulmanes y extremistas. Entre creyentes y enfermos. Entre personas y animales. Me llamó especialmente la atención una viñeta de Charb –brutalmente asesinado ayer por dibujar… ¡Por dibujar!– en la que, bajo el título “Si Mahoma volviese…”, se puede ver al Profeta a punto de ser decapitado por un miembro del Estado Islámico (EI). Mahoma: “¡Soy el Profeta, estúpido!”. Yihadista del EI: “¡Cierra el pico, infiel!”. Y este es el tipo de humor que ha caracterizado siempre a Charlie Hedbo. Un humor atrevido y sin límites. Para eso es humor.

Me preguntaba qué le estará pasando al mundo para que las cosas se pongan tan feas. Para que esos salvajes del EI emitan vídeos de decapitaciones de periodistas –no de soldados, no, de periodistas– con música Hollywoodiense de fondo. Para que corten la cabeza a niños infieles –no a guerreros, no, a niños inocentes– y no les tiemble el pulso. Para que maten a bocajarro y sin piedad a dibujantes –no a líderes políticos autoritarios, no, a dibujantes…

Hice ayer el –casi siempre estúpido– ejercicio de leer los comentarios de los lectores en varios diarios digitales. Quise ver la reacción, entender qué pasa por las mentes de los ciudadanos españoles, franceses o británicos después de semejante atrocidad. Y, como era de esperar, no encontré nada bueno. Xenofobia en su máxima expresión. ¿Serán los cuatro analfabetos de siempre? La respuesta me llegó al rato, en forma de declaración institucional. El primer ministro de Grecia, Samarás, hacía la siguiente afirmación: “Ha habido una masacre en París y alguna gente aquí [en referencia a Syriza] está invitando a más inmigrantes ilegales”. Un primer ministro de la UE –no un lector enrabietado, no, un primer ministro– relacionando de forma directa la masacre con la inmigración. Quizás habría que recordarle a Samarás que dos de los supuestos asesinos nacieron en París.

A tenor de las encuestas, del auge de los partidos políticos xenófobos, de las manifestaciones contra el islam cada vez más multitudinarias (Alemania) o, sencillamente, de los comentarios anónimos en los diarios digitales o en Twitter, el auge de la islamofobia en Europa es un hecho innegable. Y este es, igual que el yihadismo, nuestro enemigo a batir. Se retroalimentan, se necesitan, se hacen fuertes a la vez. Hay que acabar con ambos.

A la pregunta que me hacía nada más despertarme –qué cojones le estará pasando al mundo para llegar a este estado de podredumbre– no tengo respuesta. Y hasta ahora, no he leído u oído ninguna solución posible que les/nos deje a todos contentos. Quizás Occidente debería levantar la vista un momento y empezar a asumir los graves errores cometidos en Oriente Próximo. La invasión de Irak. Las mentiras. Las muertes. Las torturas. La pasividad frente a la carnicería de Al-Assad en Siria. La hipocresía. La herencia dejada en Irak. Etc. Empezar a pedir perdón por tantos errores que, además de arruinar la vida de millones de árabes, quizás tengan algo que ver con el auge del yihadismo. Quizás.

Estaría bien que Antonio Samarás, y Marine Le Pen, y Mariano Rajoy, y los miles de manifestantes que salen a las calles alemanas para protestar por lo que ellos llaman la ‘islamización de Occidente’, y esos lectores fascistas enfurecidos… Estaría bien, digo, que todos ellos recuerden que las principales víctimas del extremismo más salvaje son musulmanes. Ayer mismo, mientras nuestros corazones estaban en París, más de una treintena de personas volaban en pedazos en un atentado en Yemen. Y, mientras nuestros corazones están en París, cientos de miles –qué digo, cientos de miles, millones– de refugiados sirios tiritan bajo la nieve en los campos de refugiados de el Líbano, Jordania o Turquía. Musulmanes. Muchos musulmanes. Oleadas de musulmanes. Todos ellos escapan de la barbarie, del horror, de las salvajadas que se están cometiendo en sus países y en nombre de su religión.

Hoy, Charlie Hebdo tendría material más que suficiente para reírse de la torpeza y crueldad de este mundo: se me ocurre una portada con Samarás abrazado a las tres bestias salvajes y cobardes que ayer atacaron el corazón de París, y tu corazón, y el mío. Y el de la libertad.

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Culpable por llorar

JAVIER BERNATAS GARAU

Amman – Jordania   Y se hace el silencio. Espeso, incómodo, casi violento. La frase de Houda se queda congelada, a medio camino, interrumpida por los sollozos de quien intenta pronunciarla. El drama es todavía muy reciente y las heridas siguen abiertas. Lo estarán por mucho tiempo. Ansía pasar página, olvidar lo que ha ocurrido. Sabe que es imposible. Su anhelo por cerrar las heridas para siempre no es más que eso, un deseo irracional que, probablemente, nunca se hará realidad. “Perdón. Lo siento”. Se siente culpable por llorar.

Dieciséis años recién cumplidos. Tez morena, pelo castaño y ojos marrones. Sonríe tímidamente al presentarse, solloza encogida al recordar el pasado reciente. A primera vista, podría pasar por una adolescente europea. Española, griega, italiana quizás. Pero Houda no tuvo esa suerte. Nació en Mosul, la segunda ciudad más grande de Irak, en el seno de una familia cristiana.

Una noche, a principios del pasado mes de junio, el infierno llegó a esta ciudad de casi dos millones de habitantes ubicada al este del río Tigris. Los yihadistas suníes del Estado Islámico (EI), armados hasta los dientes, se hicieron en pocos días con el control de este importante enclave. Liberaron a presos de las cárceles, asaltaron y se apoderaron de varios edificios oficiales, el aeropuerto, las comisarías de policía y cadenas de televisión. Tanto los cristianos como los miembros de otras confesiones sufrieron –y sufren–, desde entonces, una persecución despiadada que no solo contempla la ejecución sino que la practica con frecuencia.

Así, la familia de Houda se vio súbitamente obligada a tomar una decisión respecto a las dos únicas opciones viables: la primera, abandonarlo todo y huir; la segunda, quedarse en Mosul asumiendo el elevado riesgo de que la cabeza de alguien de la familia acabase expuesta en alguna plaza de la ciudad. La barbarie más salvaje les puso entre la espada y la pared, y escogieron la pared. Con poco más que una mochila al hombro, Houda y su familia abandonaron su hogar y sus pertenencias y pusieron rumbo a Erbil –capital del Kurdistán iraquí–, a ochenta kilómetros al este de Mosul, al otro lado del Tigris. “Dormimos en una iglesia en Erbil durante más de un mes”, recuerda Houda. Tras aquel episodio, y conscientes de las escasas probabilidades de que el gobierno chií del entonces Primer Ministro Maliki retomase el control de Mosul, llegaron a Jordania.

En un modesto apartamento del tranquilo barrio de Jabal Al-Hussein, en Amman, viven Houda, su madre y sus dos hermanos desde septiembre. Azahar y Ahraf contemplan con una mezcla de dolor y devoción a su hermana pequeña. Ambos ingenieros, trabajan a destajo como camareros en un restaurante de la zona turística de la ciudad para que su familia pueda subsistir. Houda no va al colegio. No está psicológicamente preparada: “Prefiero esperar a que UNHCR [el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, por sus siglas en inglés] nos realoje en alguna ciudad y entonces volveré a la escuela”. Aunque el proceso ya está en marcha, no saben dónde ni cuándo les va a tocar instalarse. Unos 60.000 refugiados iraquíes están en la misma situación en Jordania, según los últimos datos de UNHCR.

Mientras tanto, y en apenas cinco meses, el rigor y la brutalidad yihadista han transformado Mosul. Decenas de miles de cristianos y chiíes han huido, el terror se ha apoderado de la población y las ejecuciones y lapidaciones se han convertido en un espectáculo público. La interpretación más radical de la ley islámica campa a sus anchas en esta ciudad, donde el alcohol y el tabaco han desaparecido, las mujeres no son más que sombras bajo el niqab y a los niños se les ha arrancado de cuajo la inocencia, y con ella la infancia, que ya no les serán devueltas jamás.

En el salón del apartamento resuena la llamada a la oración del mediodía. De la pared desnuda cuelga un modesto retrato de la Virgen. Con una sonrisa forzada, frágil y temblorosa, Houda quiere aparentar normalidad. “Lo peor es ver a mi madre tan triste. Lo hemos perdido todo: la casa, la tienda…”. Y se hace el silencio. “Perdón. Lo siento”. Se siente culpable por llorar.

Por qué Gaza

JAVIER BERNATAS GARAU

Se preguntaba hace unos días una buena amiga mía que reside en Tel Aviv por qué la masacre de Gaza despierta tanto interés en Occidente. Más allá de la posición que uno adopte respecto a esta trágica coyuntura, es cierto que lo que está ocurriendo en ese desdichado pedacito de tierra a orillas del Mediterráneo ejerce un poder de atracción, especialmente entre los medios de comunicación, superior al de muchos otros conflictos. Desde hace un mes, no hay día en que Facebook nos dé una tregua del flujo de escabrosas imágenes de niños asesinados. No hay día en que los telediarios no muestren la devastación más absoluta de las calles de Gaza. No hay día en que hashtags como #GazaUnderAttack o #PrayForGaza no inunden los TL de Twitter de cualquier rincón del mundo. Son varias las ciudades europeas que han visto sus céntricas plazas colmadas de manifestantes exigiendo el fin de la operación israelí en tierras palestinas. Jóvenes, adultos, periodistas, bloggers, camareros, escritores, políticos. Occidente habla de Palestina.

La pregunta que se hace mi amiga es, en cierto modo, lógica. ¿Por qué el mundo se indigna ante las más de 1.500 muertes de civiles gazatíes y no mueve un dedo por los asesinatos masivos en Siria, donde la cifra de víctimas durante los últimos tres años es cien veces superior? ¿Por qué no mostramos la misma solidaridad con los habitantes de Sudán del Sur que con el pueblo palestino? ¿Y qué hay del conflicto islamista de Nigeria? ¿Sabe alguien por qué han muerto allí miles de civiles en los últimos años? Bien, coincido con mi amiga en todas estas preguntas. Preguntas que todos deberíamos hacernos. La desavenencia reside en las posibles respuestas. ¿Somos, en Occidente, antisemitas? ¿Acaso se esconde, detrás de cada foto, detrás de cada hashtag, un odio incontrolable al judío? No lo creo. Se me ocurren cuatro razones de peso que explican el interés de la gente por este conflicto y la reciente movilización generalizada.

En primer lugar, está la cuestión temporal. Guerra de Siria: tres años y medio. Guerra en Sudán del Sur: tres años. Conflicto islamista en Nigeria: trece años. Conflicto entre Palestina e Israel: sesenta y seis años. La operación ‘Margen Protector’ que Israel comenzó hace un mes es, simplemente, un lance más del conflicto armado actual más duradero del mundo. Sesenta y seis años desde que, tras la creación de su estado, Israel comenzase a ocupar tierras, haciendo retroceder a los palestinos hasta quedarse con Cisjordania, cuya superficie equivale a la de la provincia de Girona, y Gaza, un pequeño territorio equivalente a media isla de Menorca. Si el planeta se indigna es, en parte, porque todos hemos crecido y vivido con esta eterna tropelía como telón de fondo. Y llega un momento en el que la gente dice basta. No, no soy antisemita. Soy anti injusticias de sesenta y seis años de duración.

Otro de los motivos de la movilización masiva por Gaza es el ya famoso concepto de proporcionalidad. Rechazo los métodos de Hamas. Los repudio con todas mis fuerzas. Cualquier demócrata que se oponga a la violencia indiscriminada contra civiles lo hará. Ahora bien: a pesar de sus cuantiosos lanzamientos de misiles, Hamas ha acabado con la vida de tres civiles israelíes. Por suerte, el sistema anti misiles del Ejército de Israel se ha encargado del resto, derribando centenares de cohetes gracias a la efectiva Cúpula de Hierro. Como todos sabemos a estas alturas, el número de civiles fallecidos dentro de la gran prisión que es Gaza es quinientas veces superior: 1.500. Y la cifra no incluye las docenas de cadáveres que probablemente quedan por descubrir entre las toneladas de escombros. Echando mano de la comparación fácil, bombardear el País Vasco y matar a 2.000 personas porque cuatro fanáticos amenazaban a la población española nunca fue una opción. Y construir un muro alrededor de Euskadi, controlando la entrada de bienes y alimentos, convirtiendo a sus habitantes en poco menos que prisioneros muertos de hambre, tampoco. No, esa no fue la solución. Y tampoco lo es en Gaza. Y no, no soy antisemita. Soy anti respuestas militares desproporcionadas de consecuencias devastadoras para miles de civiles.

La irritación occidental por los métodos de Israel tiene otra explicación clara: Israel somos nosotros. Sí, lo he dicho bien. Israel es nuestro espejo en Oriente Medio. En Israel se habla el mismo idioma que aquí: el de la democracia. El de la libertad de la mujer. El de los clubs nocturnos con música en directo, carta de whiskies y otra de gin-tonics. El lenguaje de la –siempre teórica– libertad de expresión. Y un largo etcétera. Por ello, lo que está haciendo el gobierno de Israel desde el pasado 8 de julio en Gaza en el marco de la operación ‘Margen Protector’, o lo que hizo ese mismo gobierno durante la operación ‘Pilar Defensivo’, o ‘Plomo Fundido’, o tantas otras operaciones teóricamente defensivas, indignan a Occidente. ¿Qué está pasando en Sudán del Sur? No lo sabemos, no entendemos su cultura, ni sus costumbres, ni su Historia. La imagen del negro matando a machetazos a otro negro nos basta para creer que pertenecemos a un mundo diametralmente opuesto. La de musulmanes disparando a otros musulmanes en Siria o Irak, por desgracia, también. Pero la imagen de un gobierno que llena sus comunicados de conceptos como democracia, vida o libertad mientras masacra a civiles con tal de lograr sus objetivos nos descoloca. Nos indigna. No, no soy antisemita. Me cabrea que la “única democracia de Oriente Medio” encierre a palestinos en un pedazo de tierra, les bloquee las salidas y los aplaste impunemente.

Y vamos con la última, y probablemente la más delicada, causa de la estupefacción de Occidente ante la política de Israel. El pueblo judío ha sufrido uno de los peores y más vergonzosos episodios de la Historia reciente –con permiso de los gitanos, o de los armenios, que sufrieron el primer genocidio moderno y del que, por cierto, muy poco se habla–: el Holocausto. El drama que vivieron varios millones de judíos en toda Europa hace todavía más incomprensible la política que el estado judío está llevando a cabo en Gaza y Cisjordania. No pretendo comparar una cosa con la otra. Hacerlo sería mentir. Pero hay algo de humanidad y solidaridad en el imaginario colectivo occidental que se traduce en cierta comprensión y compasión hacia los judíos. Y esa sensación choca brutalmente con la realidad que viven los palestinos en Gaza y Cisjordania desde hace varias décadas. ¿Acaso el horror que el pueblo judío sufrió el siglo pasado justifica la continua asfixia de Israel a los habitantes de la franja de Gaza? ¿Cómo puede un pueblo tan perseguido a lo largo de la Historia permitir que el gobierno de su país, el único estado judío del mundo, aplique una clara política de apartheid en la Cisjordania ocupada, construya asentamientos ilegales, controle más de la mitad de las carreteras, prohíba a los palestinos el acceso a muchas de sus tierras, levante un monstruoso muro de hormigón que les separa de sus familiares, destruya viviendas a un ritmo vertiginoso, instale controles aleatorios a la entrada de las ciudades palestinas, y un larguísimo etcétera? Estas son algunas de las preguntas que se hace la gente en Occidente. Escritores, bloggers, políticos, camareros, periodistas, jóvenes y adultos. Y no, no soy antisemita. Me pregunto muy sinceramente cómo es posible que un colectivo tan castigado a lo largo de los años mire hacia otro lado en lugar de alzar la voz por los derechos de los palestinos. Algunos valientes ya lo están haciendo en las calles de Tel Aviv. Y ellos, igual que muchos occidentales, también entienden por qué los focos mediáticos internacionales están puestos estos días sobre la franja de Gaza.

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¿Que no lo lean?

No sé si habrán leído el mediático artículo de opinión que la mediática Pilar Rahola escribió el 18 de julio en su columna de La Vanguardia en relación al conflicto entre Israel y Palestina. O, más concretamente, en relación a la masacre de civiles que Israel está cometiendo en Gaza desde hace algo menos de dos semanas. Si no han tenido ocasión de leerlo, deben saber que el texto, titulado “que no lo lean”, mete de nuevo en el mismo saco a todos aquellos que critican la operación israelí en terreno palestino. O defiendes a Israel, o defiendes el terrorismo. Me gustaría mostrarle a la señora Pilar Rahola que lo que hace es muy fácil. A continuación, reproduzco su texto alterando el orden de algunas palabras y sustituyendo ‘israelí’ por ‘palestino’. Verá qué diferente suena todo. No se lo tome como una copia barata, es una demostración rápida de que pensar diferente a usted es, siempre desde la modestia, una opción tan respetable como otras. Ahí va:

Que este artículo no lo lean los que lo saben todo de este endiablado conflicto. Que no lo lean los que creen que los casi dos millones de gazatíes son terroristas, ávidos de sangre israelí. Que no lo lean los que crean que los palestinos no se defienden de nada, sino que les encanta la guerra y la muerte. Que no lo lean los que reducen una sociedad musulmana, ansiosa de paz y de libertad, a una cofradía de enloquecidos terroristas. Tampoco los que saben quién es el malo, aunque no conozcan las circunstancias que han desembocado en otro momento trágico. Que no lo lean los que sólo ven la violencia cuando los misiles salen de Gaza, pero nunca cuando los tanques israelíes matan a medio millar de civiles palestinos, cuya vida diaria es un infierno. Y tampoco los que nunca ven a las víctimas gazatíes, porque las consideran culpables de su propia muerte.

Y no, que no lo lean los que creen que Israel es un estado democrático que solo piensa en la defensa de sus ciudadanos, y no un estado imperialista cuyo doble objetivo es la expulsión de la población palestina y la obtención de la franja de Gaza y Cisjordania. Que no lo lean los que no quieren saber que Israel masacra a civiles con la excusa de que Hamas los utiliza como escudos humanos. Que no lo lean los que hablan de los niños judíos que podrían morir cada día bajo los misiles y que no mencionan a los más de cien menores palestinos que han fallecido asesinados por el ejército israelí. Que no lo lean los que piensan que si Israel aplasta a más de medio millar de civiles palestinos enjaulados en Gaza no lo hace para matar, sino para defender a sus ciudadanos.

Tampoco aquellos que no se preguntan qué países financian a Israel y le dan carta blanca para acabar con la vida de 520 palestinos de un plumazo. Ni tampoco los que crean que el pueblo israelí tiene unos líderes magníficos, y no unos tipos violentos que conducen tanto a israelíes como a palestinos al desastre. Que no lo lean los que no se acuerden de que en las calles de Tel Aviv también algunos israelíes protestan contra los ataques indiscriminados en Gaza. Tampoco los que no saben nada de historia y repiten los viejos mantras de la propaganda israelí. Que no lo lean los que usan la palabra terrorismo como si fuera una característica propia de los habitantes de la franja de Gaza. Y por no leer, que no lo lean los que niegan todo debate, porque ya han condenado a los palestinos en el tribunal del dogma. Que no lo lean los que solo se interesan por este conflicto entre Israel y Hamás en Gaza, y nunca por los muertos musulmanes en manos del ejército israelí en la Cisjordania ocupada. Y, finalmente, que no lo lean los que se sitúan en un plano moral superior condenando a los gazatíes al infierno y niegan a los demás el derecho a ver con más complejidad el conflicto. Que no lean nada de esto, porque ya tienen todas las respuestas, ellos, que no son capaces de hacerse ni una sola pregunta.

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Mentiras

El declive ético y moral de una sociedad puede medirse a través de indicadores muy variados y desde diferentes puntos de vista. Uno de los paradigmas de esta incuestionable decadencia es la banalización de la mentira. El desprecio a la verdad que exhiben, sin pudor, tanto dirigentes de empresas del sector privado como representantes de instituciones públicas o miembros de partidos políticos denota un profundo cambio en los valores que rigen –o deberían regir– nuestra sociedad. Respetar la verdad ha sido no solo una muestra de honradez, decencia e integridad durante siglos, sino un deber ineludible del político, dirigente de empresa o líder de cualquier organización. Ralph W. Emerson, escritor y filósofo estadounidense, pronunció en el siglo XVIII una consigna irrebatible que muchos deberían marcarse a fuego en algún lugar de sus esbeltas figuras resaltadas por trajes a medida de Zegna: “Toda violación de la verdad no es solamente una especie de suicidio del embustero, sino una puñalada en la salud de la sociedad humana”.

Una sociedad, la nuestra, a la que Emerson no tardaría en diagnosticarle una enfermedad degenerativa y terminal: la mentira. El ejemplo más flagrante y actual es, indudablemente, el de la política. Señores con corbata, barbas cuidadosamente recortadas y gestos meticulosamente calculados que responden a la desafección política que tanto parece preocuparles con sartas de mentiras de distinta índole. Basta echar un ojo a la hemeroteca –un preciado tesoro en los tiempos que corren– para toparse con declaraciones tan fantásticas como las de Mariano Rajoy en 2010: “Seremos beligerantes contra la subida del IVA” o “vamos a subir las pensiones”, afirmaciones repetidas hasta la saciedad con el convencimiento del matemático que recita la tabla de multiplicar del cinco. “El Partido Popular se compromete a que educación, sanidad y pensiones jamás sean afectadas por la crisis económica”, decía Don Alberto Ruiz-Gallardón con una rotundidad que no dejaba lugar a la duda. La realidad ha demostrado que todas y cada una de estas afirmaciones eran falsas. Sin embargo, la mentira no entiende de colores, partidos políticos o Gobiernos. Nadie detenta su exclusividad. La mentira se adueña de los discursos de unos pero también de los otros, de sus rivales. Para el recuerdo quedará la nefasta gestión de la crisis del ejecutivo de Rodríguez Zapatero, que dijo y repitió aquello de “no estamos en una crisis económica” cuando la única evidencia por aquel entonces era que España estaba inmersa en una crisis económica. Ejemplos de mentiras explícitas en política los hay a patadas. No merece la pena, pues, eternizar una lista de falsedades ya de por sí dilatada. Aun así, ahí van un par más de propina: “Todas nuestras cuentas son legales” (M. Rajoy). “Ha sido ETA” (J.M. Aznar). “No tuve relaciones sexuales con esa mujer, la señorita Lewinsky” (B. Clinton).

Todo esto está grabado y escrito. No son elucubraciones mías. Ni supuestas calumnias contra la clase política. Ni errores en diferido. Son, simplemente, mentiras. La prueba más evidente de la mentira impune es, efectivamente, la de la política, pero no es la única. La publicidad, abanderada del progreso en nuestros mejores años y de la sociedad de consumo desmedido, se ha convertido en un universo en el que todo vale. Compresas que “ni se notan”, alimentos envasados que van “del campo a tu casa”, bebidas que “ayudan a mantener las defensas de tus hijos”, bancos que cobran “cero comisiones” o anuncios de tarifas de compañías telefónicas que no incluyen el IVA. Muchos lo llamarán exageraciones, mejoras en sentido figurado o publicidad parcialmente engañosa. Eufemismos. Son, sencillamente, mentiras. Capítulo aparte merecen los premios –viajes a México o apartamentos en primera línea de mar– que, bendito azar, se otorgan a ciudadanos escogidos al tuntún. Una llamada de teléfono avisa de que sólo hay que pasar a recogerlos. Por supuesto.

El fútbol, que monopoliza conversaciones, llena portadas y alimenta sueños infantiles hasta en el rincón más remoto del planeta, no se queda, ni mucho menos, al margen del globalizado mundo de la mentira. “Neymar costó 57 millones”, dijo en enero el entonces presidente del Fútbol Club Barcelona, Sandro Rosell. Cuatro días más tarde, el club admitió que la operación total ascendió a 86,2 millones, aunque atribuyó la diferencia a “otros conceptos”. Entretanto, Josep Maria Bartomeu, vicepresidente de la entidad, aseguró que “todo” era “legal” en el fichaje del jugador brasileño mientras el Barcelona, que negó delito fiscal pero admitió “una posible divergencia interpretativa sobre el alcance de sus obligaciones fiscales”, pagaba 13,5 millones de euros a Hacienda. ¿Otros conceptos? ¿Divergencia? ¿Interpretación? Más mentiras. Y como estas, miles.

Quién no recuerda los motivos que llevaron al gobierno de Estados Unidos a invadir Irak en 2003. “Sadam Husein tiene armas de destrucción masiva”, “posee armas biológicas y químicas” o “llevaremos a Irak estabilidad, libertad y democracia” fueron algunas de las perlas que George W. Bush pronunció con una seguridad asombrosa. Y Aznar, entre otros, a remolque. Más de diez años después, ni armas de destrucción masiva, ni estabilidad, ni libertad, ni nada de nada.

Asistimos no solo a un fenómeno de banalización de la mentira por parte del que la pronuncia, sino que nos encontramos ante algo mucho más peligroso: la aceptación de la falsedad por parte del que la sufre. Que se “suicide el embustero” es un mal menor, pero las “puñaladas en la salud de la sociedad humana” deberían hacer saltar las alarmas sociales, especialmente las referentes a conceptos tan ajados como la ética y la moral. Nuestra sociedad padece una peligrosa enfermedad que, como no reaccionemos pronto, ya será del todo incurable.

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“Han cogido a mi hermano”

JAVIER BERNATAS GARAU

“Han cogido a mi hermano”. Aunque no me sorprende, el mensaje de whatsapp me sobrecoge. Es mi amigo sirio, Mustafá, que me escribe desde Irbid, al norte de Jordania, donde reside en condición de refugiado desde hace casi un año. A medio centenar de kilómetros de su improvisado y austero hogar, su madre y sus hermanas viven angustiadas en el búnker bajo su casa en Dara’a, al sur de Siria, desde que estalló la guerra. Los tanques, francotiradores y edificios derruidos por las bombas forman ya parte del paisaje urbano de la famosa localidad donde en marzo de 2011 empezó todo. Le avasallo a preguntas: cómo lo sabes, qué sabéis de él, cuánto tiempo lleva preso, dónde está, cómo está tu familia, qué está pasando en Dara’a.

Paciente y educado como siempre, Mustafá me responde, una a una, a todas las cuestiones. Su hermano Ahmad fue sorprendido por un soldado del Ejército de Bashar Al-Asad cuando salía de la universidad, en Damasco. Ayer, después de un mes sin noticias de él, un vecino de Dara’a que fue detenido en la capital junto a Ahmad y liberado hace dos días puso en alerta a la familia de Mustafá. Aunque su hermano no ha corrido la misma suerte y sigue preso, intuyo a través de la pantalla que mi amigo está animado. Lógico, por otro lado: siempre es mejor saber que alguien a quien quieres está preso que no saber absolutamente nada de él. En su casa ya se temían lo peor. “Mi madre y mis hermanas están bien, gracias a Dios”, teclea en un inglés macarrónico pero perfectamente comprensible, “a pesar de que hoy han muerto más de 80 personas en Dara’a”.

La entereza de Mustafá frente a la adversidad me llamó siempre la atención. La dignidad con que explica su historia, la de su familia, los episodios que le ha tocado presenciar durante los últimos años, la pérdida de amigos y familiares a manos de francotiradores del Gobierno. Un chico normal al que, como a tantos otros millones de personas, un presidente que se está ganando a pulso un puesto privilegiado en el podio de los mayores genocidas del siglo XXI le ha destrozado la vida. De hace más de tres años a esta parte, Al-Asad ha convertido su país en un amasijo de ruinas y la vida de sus habitantes en un auténtico infierno. La cifra de muertos se acerca ya a los 200.000.

Poco antes de huir a Jordania, Mustafá, que tiene 26 años, fue arrestado por soldados del régimen y encerrado en una habitación oscura junto a una treintena de personas. Perdió la noción del tiempo y no puede decir con exactitud cuánto tiempo estuvo retenido. Calcula que fueron cerca de dos meses, aunque le parecieron quince. En aquella estancia recibió un trato infame. “Permanecí arrodillado, con la barbilla en el suelo y las manos a la espalda durante mucho tiempo”, recuerda. El motivo del arresto, ser natural de Dara’a, bastión del Ejército de Liberación Sirio. Un año más tarde, la historia se repite con su hermano. Solo queda esperar que, igual que Mustafá, Ahmad sea pronto liberado.

Mi amigo nunca tuvo reparo en contestar a mis preguntas acerca de su cautiverio. Habla de los palos que recibió con una naturalidad asombrosa. “Cuando matan a un compañero de clase te hundes”, dice, “pero cuando has perdido a siete amigos todo se relativiza”. Mustafá se ha acostumbrado a hablar de la muerte de sus semejantes y no parece que le cueste esfuerzo asimilarla. Muchos de sus amigos y familiares luchan en Dara’a contra el régimen de Al-Asad y, claro, la pérdida de un conocido ya no le pilla por sorpresa. Es casi una rutina. Solía enseñarme los SMS, todavía recientes, de sus amigos fallecidos. No escatima en detalles, quiere que el mundo sepa lo que está pasando en Siria: que cada minuto, una familia huye de su hogar; que más de cinco millones de niños están desplazados dentro del país; que 145.000 familias refugiadas en Egipto, Jordania, Líbano e Irak están encabezadas por mujeres viudas que luchan, solas y sin apenas recursos económicos, por salir adelante con sus hijos; o que el Ejército arrestó –secuestró– a su hermano hace un mes y que no sabe si lo volverá a ver. Ante la vergonzosa pasividad de occidente, lo menos que puedo hacer es darles voz a él, a su familia, a sus amigos y vecinos, y a los casi tres millones de refugiados que han abandonado el país desde mediados de 2011.

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Terroristas

JAVIER BERNATAS GARAU

Hace algo menos de tres semanas nos llegó la triste noticia del secuestro de tres jóvenes israelíes en Cisjordania (Palestina). Desde el primer momento, Occidente puso el grito en el cielo y todos –tertulianos, columnistas, líderes políticos, lectores– nos llenamos la boca con la palabra terrorismo. Hamás, considerada una organización terrorista por la Unión Europea y Estados Unidos, se postuló como favorita en todas las quinielas. Quién si no podría cometer semejante atrocidad. Mientras el Gobierno de Israel no dudó en atribuir el supuesto secuestro a Hamás, la organización aseguró no tener nada que ver. Tras 18 días de intensa búsqueda por parte del Ejército israelí, cuyo espectacular despliegue en los Territorios Palestinos ha recordado a la época de la Segunda Intifada de principios de este siglo, ayer por la tarde aparecieron los cuerpos sin vida de los tres estudiantes. Un grupo de uniformados que peinaba la zona se topó con los cadáveres en una cueva a pocos quilómetros al norte de Hebrón.

La noticia ha llegado a Occidente como un vendaval, acaparando las portadas de los rotativos de mayor difusión y ocupando un puesto destacado en los telediarios de prácticamente todas las cadenas. El terrorismo está en su apogeo. El término goza de una aceptación tan escandalosa que se infiltra tanto en las conversaciones de barra de bar como entre las líneas de los artículos más sesudos. Llama la atención que este poderoso vocablo se haya colado en la mente de todos y cada uno de nosotros hasta el punto de no vacilar a la hora de utilizarlo. Pero, reflexionemos por un momento. ¿Qué significa exactamente terrorismo?

Ciñéndonos a la definición que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española, el terrorismo no es otra cosa que la “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”. ¿Es, pues, el asesinato de los tres chavales israelíes una acción terrorista? Desde luego que sí. Ahora bien, ¿qué pasa con las atrocidades que comete el estado de Israel?

Aunque pocos osan hablar de un Estado terrorista –especialmente en Occidente–, hacerlo no sería exagerado. ¿Cómo definir si no el asesinato a tiros, el pasado mes de mayo, de dos adolescentes palestinos que participaban en una manifestación en Ramala a manos de soldados israelíes? Un vídeo difundido en la red muestra cómo los jóvenes no suponen peligro alguno para los uniformados, que les disparan al pecho desde lejos cuando caminan distraídos. Decenas de casos recientes similares demuestran que no se trata de un hecho aislado. ¿Qué adjetivo merecen los llamados asesinatos selectivos, crímenes cometidos contra palestinos a instancias de las Fuerzas Armadas o el Gobierno israelí sin que se respete ninguno de los pasos habituales en un sistema judicial? ¿Y la media docena de vidas palestinas que se ha cobrado el estado hebreo durante los últimos 18 días bajo pretexto de estar buscando a los tres estudiantes secuestrados? Se me ocurren decenas de prácticas tan terroríficas como ilegales que hacen de terrorista un término perfectamente aplicable al estado de Israel.

La crisis dentro de la gran crisis dentro de la enorme crisis que la muerte de estos chicos ha provocado no hace sino recordarnos y demostrarnos por enésima vez que existen dos varas de medir completamente distintas. La vida de un palestino vale menos que la de un israelí. Los que tiran cohetes desde Gaza o matan a israelíes como acto de resistencia frente a una ocupación ilegal son terroristas. En cambio, los que asesinan a escopetazo limpio, destruyen viviendas y construyen asentamientos y muros ilegales no atacan, sino que se defienden. Para eso se llaman las Fuerzas de Defensa de Israel.

Se queda uno atónito cuando ve las reacciones de líderes políticos de la talla de Cameron u Obama, que entre tuits y comunicados varios, no han dudado en definir lo ocurrido como “inexcusable acto de terror” o “acto terrorista sin sentido”. Y la sorpresa no radica en lo anterior, con lo que un servidor está completamente de acuerdo –¡sólo faltaría!–, sino en que encontrar el dichoso término –terror, terrorismo, terrorista– en valoraciones políticas sobre el constante machaque de Israel a Palestina (mediante “actos de violencia ejecutados para infundir terror”) es completamente imposible. Y en los medios de comunicación occidentales, también. Reclamar a políticos o medios un cambio en este sentido es probablemente una utopía, pero exigirnos a nosotros, ciudadanos de barra de bar, un poco de reflexión antes de hablar tendría que ser un deber.

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Balata, seis décadas después

JAVIER BERNATAS GARAU

Nablús – Cisjordania   Las estrechas calles del campo de refugiados palestinos de Balata, a las afueras de Nablús (Territorios Palestinos), recuerdan a las de Baqa’a, su homólogo en Jordania, construido en 1968 para alojar a los miles de habitantes de Gaza y Cisjordania que abandonaron sus hogares tras la ocupación israelí de ambos territorios durante la Guerra de los Seis Días (1967). Situado a 20 kilómetros al norte de Amman, y con una población cercana a los 100.000 habitantes, Baqa’a es el campo de refugiados palestinos más grande del Reino Hachemita de Jordania.

Aunque las similitudes entre ambos campos saltan a la vista –construcciones bajas, densidad de población desproporcionada, callejuelas sucias, angostas y oscuras, decenas de puestos de verduras aglutinados en el bulevar, niños de tres y cuatro años correteando solos por el mercado–, hay una gran diferencia: uno está en Jordania, aislado –en cierto modo– del eterno conflicto entre Palestina e Israel, y el otro, en cambio, se halla en los Territorios Palestinos. Basta observar las fachadas de las viviendas en Balata para comprender que la historia reciente de este campo, habitado por palestinos en su mayoría originarios de Jaffa (localidad hoy anexionada a Tel Aviv) que llegaron aquí tras la guerra árabe-israelí de 1948, en nada se parece a la de Baqa’a.

Una de las estrechas calles de Balata / JAVIER BERNATAS GARAU

Una de las estrechas calles de Balata / JAVIER BERNATAS GARAU

Alrededor de las ventanas, los orificios, todavía intactos, que marcan las paredes de los edificios reflejan las secuelas de los intensos tiroteos que tuvieron lugar en Balata durante la Segunda Intifada y contrastan con la aparente normalidad que se respira hoy en las calles del campo de refugiados más poblado de Cisjordania. Aquí, donde hombres, mujeres y niños viven envueltos en una calma indiscutiblemente tensa, cerca de 130 personas murieron durante los numerosos combates librados entre Ejército de Israel y palestinos a principios de este siglo, en el marco de la Intifada.

Situada a 65 kilómetros al norte de Jerusalén, Nablús, una de las ciudades más castigadas por el Ejército israelí desde la escalada de violencia a finales del 2000, fue un enclave crucial para los sectores más combativos de la resistencia palestina. Aquí nacieron y crecieron muchos de los guerrilleros que perpetraron atentados en Tel Aviv y otras localidades israelíes desde el inicio de la Segunda Intifada. En consecuencia, en febrero del año 2002, el primer ministro Sharon decidió atacar el campo de refugiados de Balata, en Nablús, descrito por el Ejército como un “nido de terroristas”.

Aquí, en las calles de Balata, los efectos de los combates están todavía muy presentes. Si bien la incursión de los tanques, las pedradas y las explosiones forman una parte importante de la memoria colectiva de esta comunidad, las balas todavía incrustadas en los muros mantienen fresco el recuerdo del horror y las enormes fotografías de mártires colgadas de los cables eléctricos  demuestran que la resistencia sigue activa.

A pocos metros del Jaffa Cultural Center –escuela financiada por la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (ACNUR)–, en una de las calles principales del campo, Salam, de siete años, permanece inmóvil frente a la entrada de su casa.  Un enorme graffiti en la pared reclama la libertad de su hermano mayor, que permaneció un año encarcelado en una prisión de Israel. “Ahora Ahmed ya está en casa, mi hermana hizo el graffiti cuando todavía estaba detenido”, explica. Más de 8000 residentes de Balata –que cuenta con una población cercana a los 27000 habitantes– han pasado por cárceles de Israel. Así pues, prácticamente todos los varones de más de veinte años han sido arrestados alguna vez por el Ejército israelí. “Hoy, 170 residentes del campo siguen presos al otro lado del muro”, asegura un trabajador del Jaffa Cultural Center que prefiere no revelar su identidad.

Llama la atención la cantidad de críos que deambulan sin la compañía de un adulto por las laberínticas callejuelas de Balata. Unos, con la mochila a la espalda, vuelven de la escuela. Otros disparan a israelíes imaginarios con sus pistolas de juguete. Y algunos, que vagan sin rumbo con sus amigos, se acercan al intruso (un servidor) a toda prisa. Comienza el interrogatorio: “¿De dónde eres? ¿Eres judío?”. El diálogo posterior es siempre el mismo. Barcelona, fútbol, Messi. Abundan las camisetas falsas del Barça –cuya cruz de Sant Jordi, en el escudo, ha sido desposeída de la barra roja horizontal para evitar cualquier referencia a los templarios y las cruzadas– y la pasión por el deporte rey es una vía de escape para los niños y adultos de Balata, que sueñan con viajar algún día a Barcelona y ver un partido en el Camp Nou.

Un grupo de niños en el campo de refugiados de Balata / JAVIER BERNATAS GARAU

Un grupo de niños en el campo de refugiados de Balata / JAVIER BERNATAS GARAU

No obstante, Balata está a años luz de Barcelona, y no sólo geográficamente. Relata Eddie Vassallo en un artículo sobre el campo de refugiados una anécdota elocuente. Un grupo de niños le preguntaron en una ocasión: “¿España está pasado el checkpoint de Nablús?”. Los checkpoints (controles del Ejército israelí en territorio palestino) son las únicas fronteras que conocen muchos de los habitantes del campo.

La vida en Balata es dura. Aunque no existen cifras oficiales de paro, la tasa de desempleo ronda el 53% y gran parte de la población depende de las ayudas económicas de ACNUR. Además, el crecimiento demográfico ha obligado a construir más y peor. Lo que hace medio siglo era una aglomeración de tiendas de campaña es hoy una pequeña ciudad de edificios irregulares, menudos e inacabados. Los pisos, separados entre sí por finos tabiques que convierten la privacidad de sus habitantes en una quimera, no superan los 70 metros cuadrados.

En la confluencia de la calle del mercado y uno de los infinitos pasajes que la atraviesan, Mustafá regenta un pequeño negocio de dulces. Tiene 61 años. Sus padres, procedentes de Jaffa, huyeron a principios de los 50 y se instalaron aquí. “Aunque nací en Balata, mi verdadero hogar está en Jaffa”, asegura. Desde hace diez años, los 500 shekels –unos 100 euros– mensuales que percibe del negocio son su única fuente de ingresos. Tras una hora larga de conversación, no me deja pagarle por el té y el vaso de agua que me ha ofrecido.

Sentada en las escaleras de entrada de la tienda, Sawsan no pierde detalle de la conversación. Tiene nueve años. Forma parte del grupo de danza del Jaffa Cultural Center, con el que tuvo ocasión de viajar a Estados Unidos hace unos meses en el marco de un intercambio financiado por una ONG americana. Es de las pocas niñas de Balata que ha salido de Palestina. “Me lo pasé muy bien allí, bailando con mis amigas, pero me gusta más la vida en Balata”, cuenta. Tiene claros sus motivos, difícilmente comprensibles a ojos de cualquier visitante occidental que se adentre en el bullicio del campo: “Balata es más bonito, las calles, la gente…”.

Niños en Balata / JAVIER BERNATAS GARAU

Niños en Balata / JAVIER BERNATAS GARAU

Un campo de refugiados es, por definición, un recinto erigido para albergar de forma provisional a las personas damnificadas por un conflicto armado o un desastre natural. Aunque considerar Balata un campo de refugiados tras sus más de 60 años de existencia es ciertamente paradójico, algunos de sus habitantes –sobre todo los más mayores– siguen con la mente puesta en Jaffa y consideran este un hogar temporal. Entre los jóvenes, en cambio, no es difícil percibir un sentimiento de orgullo y pertenencia respecto a la tierra que les ha visto nacer. Esta generación, que ya no percibe Balata como un hogar pasajero, no añade la coletilla ‘Refugee Camp’ –nombre completo oficial de Balata– para referirse a su ciudad. Y es que el regreso a orillas del Mediterráneo, donde sus padres o abuelos tuvieron un día su hogar, no es para ellos más que una utopía inconcebible.

Hebrón, el apartheid israelí

Mercado de frutas y verduras, Hebrón / JAVIER BERNATAS GARAU

Mercado de frutas y verduras, Hebrón / JAVIER BERNATAS GARAU

 

JAVIER BERNATAS GARAU

Hebrón – Cisjordania    “Tienes que pasar el checkpoint más cercano a la mezquita de Ibrahim, en H2, y dirigirte a la calle Al-Shuhada, en la zona controlada por los israelíes, a mí no me dejan salir –me dice Hashem por teléfono–, te veré aquí”. Dejo atrás las estrechas calles del mercado, abarrotadas de tenderos palestinos que venden carne, fruta, teléfonos móviles o utensilios de cocina y, nada más pasar el control, me encuentro con una ciudad fantasma. Al-Shuhada, en el corazón de Hebrón, una avenida otrora atestada de negocios de verduras, colmados, peatones, taxis y pequeños camiones de reparto, es hoy la viva imagen de los efectos provocados por los asentamientos israelíes en una de las ciudades más antiguas de la región. De los comercios regentados por palestinos, cerrados por el Ejército de Israel “por motivos de seguridad” al inicio de la Segunda Intifada, en septiembre del año 2000, no quedan más que sus persianas tapiadas, ajadas por el paso de los años.

Al-Shuhada, a 200 metros del mercado, presenta un aspecto desolador desde hace 14 años / JAVIER BERNATAS GARAU

Al-Shuhada, a 200 metros del mercado, presenta un aspecto desolador desde hace 14 años / JAVIER BERNATAS GARAU

Situada a 30 kilómetros al sur de Jerusalén, Hebrón (Al-Jalil, en árabe) es la ciudad más poblada de Cisjordania, y la única que cuenta con asentamientos judíos en su interior. Esta conflictiva localidad está hoy dividida en dos. La Autoridad Nacional Palestina (ANP) controla la zona denominada H1, que supone el 80% de la ciudad, y el Ejército israelí mantiene el control sobre el 20% restante (el centro de la ciudad antigua), conocida como la zona H2. En H1 sólo viven palestinos, unos 120.000, mientras que en H2 residen cerca de 500 colonos judíos por 35.000 palestinos y, atención, 4.000 soldados israelíes que velan por la seguridad de los colonos.

Los cuatro asentamientos judíos concentrados alrededor de la calle Al-Shuhada, bautizada como la ‘calle del Apartheid’ y cuyo acceso tienen prohibido los palestinos, en pleno H2, convierten el día a día de los árabes residentes en la zona en una angustia constante. Los numerosos checkpoints –una veintena en menos de un kilómetro cuadrado– dificultan sus desplazamientos y algunos trayectos de no más de 500 metros se hacen eternos. Además, “las agresiones a palestinos por parte de los colonos en el sector H2 están a la orden del día, incluso a niños”, explica Hashem, reclinado sobre la persiana bajada de la que un día fue la tienda de su vecino.

División de la ciudad tras el Acuerdo de Hebrón firmado en 1997 / PASSIA

División de la ciudad tras el Acuerdo de Hebrón firmado en 1997 / PASSIA

A pesar de sus sesenta y tantos años, y tras una vida de sufrimiento y tensión permanentes, Hashem Azzeh, de complexión delgada y expresión serena, mantiene un espíritu juvenil. Su mujer, sus tres hijos y él forman una de las pocas familias palestinos que han resistido y residen a escasos 100 metros de la ‘calle del Apartheid’, que tienen prohibido pisar. Su casa está rodeada de residencias de colonos. Hace diez años, un millonario judío estadounidense le ofreció una gran suma de dinero por su pedazo de tierra. “No pienso rendirme, no me echarán tan fácilmente”, avisa. Su abuelo tuvo que huir de Jaffa –al sur de Tel Aviv– durante la guerra árabe-israelí de 1948 y se refugió en Hebrón. “Y ahora pretenden echarnos también de aquí”, se lamenta. La mitad de los hogares palestinos del sector H2 han sido abandonados.

Desde que rechazó la oferta, los colonos le hacen la vida imposible. A la entrada de su pequeño jardín, cuyos olivos “han sido –explica– destrozados por los judíos”, señala a su vecino, un ultraortodoxo de mediana edad y larga barba negra. “Fue él. Pegó una paliza a mi mujer cuando estaba embarazada de mi tercer hijo. Llegué a casa y le sorprendí golpeándola. Me puse furioso, pero no puedo hacer nada; tienen armas y el Ejército les protege”. Unos quince metros le separan del agresor de su mujer, con el que se cruza a diario.

Ni siquiera la escuela para niños palestinos, separada de la calle Al-Shuhada por un amasijo de púas metálicas, está a salvo de posibles ataques por parte de los colonos. Una improvisada alambrada y las ventanas reforzadas con metales resistentes protegen a los críos de los lanzamientos de piedras y otros objetos de que han sido víctimas en numerosas ocasiones.

http://www.youtube.com/watch?v=3DoPGRe0p9c

En casa de Hashem no hay ni un cuchillo de cocina. Los palestinos residentes en H2 los tienen prohibidos. Los soldados israelíes irrumpen regularmente en las viviendas y realizan registros para asegurarse de que no hay armas. Exactamente lo contrario ocurre con los colonos. Los habitantes de los asentamientos exhiben sus armas sin miramientos cuando salen a la calle.

Los episodios violentos por ambas partes han sido una constante durante las últimas décadas. No obstante, la matanza perpetrada por Baruch Goldstein, un habitante de un asentamiento contiguo a Hebrón, que acribilló a tiros a 29 palestinos que rezaban en la mezquita de Ibrahim (tumba de los Patriarcas para los judíos) en pleno ramadán, en febrero de 1994, marcó un antes y un después en la Historia reciente de la ciudad. Aunque la masacre fue condenada por la mayoría de la sociedad israelí, una minoría de sionistas radicales la elogió. Algunos de ellos, que definen a Goldstein como un mártir, residen hoy en los asentamientos de Hebrón y comparten vecindario con familiares de las víctimas.

Pancarta en la 'calle del apartheid': "Palestine never existed, and never will!" / JAVIER BERNATAS GARAU

Pancarta en la ‘calle del apartheid’: “Palestine never existed, and never will!” / JAVIER BERNATAS GARAU

Hashem no es optimista respecto al progreso de las relaciones entre judíos y musulmanes en Hebrón: “Pueden estar seguros de que no pienso moverme de mi casa. Quienes deben irse son ellos, que no sólo están ocupando de forma ilegal unas tierras que son nuestras, sino que nos privan de nuestros derechos más básicos”. En efecto, la Comunidad Internacional considera ilegales los asentamientos en los Territorios Ocupados. Hechos tan inoportunos como el reciente anuncio de la construcción de más de 1.400 nuevas viviendas en asentamientos en la zona ocupada palestina por parte de Israel no son más que trabas al ya de por sí complejo y eterno proceso de paz entre Israel y Palestina.

Recorro el trayecto desde casa de Hashem hasta la mezquita de Ibrahim en sentido inverso. Crece mi angustia a medida que los soldados –en pie de guerra, ataviados con chaleco antibalas, casco, botas reforzadas y fusil– me revisan el pasaporte en cada control. Angustia de pensar en los miles de palestinos, niños y adultos, que comprueban a diario cómo la tierra en que nacieron y crecieron es prácticamente inhabitable. Antes de pasar el último checkpoint, un elocuente grafiti en la pared me recuerda el horror del Holocausto: “Gas the Arabs”.

La ciudad tres veces Santa

JAVIER BERNATAS GARAU

Jerusalén   Recorrer los 75 kilómetros que separan Amman de Jerusalén puede convertirse en una auténtica odisea. Un primer autobús cubre el trayecto desde la capital jordana hasta la frontera del Reino Hachemita, donde otro colectivo más pequeño toma el relevo y conduce, a través de un par de kilómetros en la tierra de nadie, hasta la frontera con Cisjordania. Una decena de palmeras y otras tantas Estrellas de David ondeando en pleno desierto, a pocos kilómetros al norte del Mar Muerto, conforman el conflictivo paso fronterizo King Hussein Bridge. Aquí, donde hace menos de un mes las Fuerzas de Seguridad israelíes mataron de un balazo a un juez palestino-jordano originario de Nablús por intentar “apoderarse del arma de un soldado”, según un comunicado emitido por el Ejército israelí, se respira un ambiente tenso. Tras pasar cuatro controles de pasaporte y sus respectivos interrogatorios –¿por qué viene a Israel?, ¿cuánto tiempo piensa quedarse?, ¿qué hacía usted en Jordania?, ¿a dónde se dirige exactamente?, ¿piensa visitar Cisjordania?, entre muchas otras preguntas– un tercer autobús cubre el trayecto desde la frontera hasta la capital israelí. A medio camino, dos soldados ordenan detener el vehículo y revisan de nuevo los pasaportes de los pasajeros. Es uno de los muchos check-points que colman el territorio de esta tierra tan disputada. El minucioso escrutinio de los documentos y visados no impide a los militares mantener la mano derecha a pocos centímetros del gatillo del fusil. Expresión seria y pocas palabras; no están para bromas. Y al fin, 75 kilómetros y ocho horas después, la Cúpula de la Roca se deja ver en el horizonte.

Vista panorámica de la Ciudad Vieja de Jerusalén / JAVIER BERNATAS GARAU

Vista panorámica de la Ciudad Vieja de Jerusalén / JAVIER BERNATAS GARAU

A pesar de la tranquilidad que ha reinado en la Ciudad Santa durante la última década, la elevadísima presencia de fuerzas de seguridad otorga a Jerusalén una cierta atmósfera bélica. Ningún otro rincón del mundo concentra tantos lugares sagrados en un espacio tan limitado. Oleadas de musulmanes, judíos, cristianos (Jerusalén es considerada Ciudad Santa para las tres religiones) y viajeros curiosos visitan a diario la capital del Estado israelí, cuyos numerosos arcos detectores de metales forman ya parte del paisaje urbano. Aunque la división de los barrios responde exclusivamente a las creencias religiosas de sus habitantes, Jerusalén es un ejemplo de convivencia pacífica. A escasos doscientos metros del atestado mercado de frutas y verduras del barrio musulmán, decenas de judíos –muchos de ellos ultraortodoxos– se mecen repetidamente mientras recitan sus oraciones frente al Muro de las Lamentaciones. A la vuelta de la esquina, cristianos llegados de todos los rincones del mundo se santiguan frente a la entrada del Santo Sepulcro. Mientras tanto, a lo lejos, desde lo alto del Monte de los Olivos, decenas de turistas japoneses toman fotografías de la Cúpula Dorada y la mezquita de Al-Aqsa –el tercer lugar sagrado para el islam, tras La Meca y Medina– compulsivamente.

Muro de las Lamentaciones / JAVIER BERNATAS GARAU

Muro de las Lamentaciones / JAVIER BERNATAS GARAU

Y después de la tormenta, llega la calma. A partir de las seis de la tarde, el frenesí de las estrechas callejuelas de la Ciudad Vieja deja paso a un sosiego tranquilizador, balsámico. Los centenares de comercios echan el cierre, los mochileros regresan al hostal a descansar y los peregrinos parecen evaporarse. A las ocho, salir a cenar dentro de las antiguas murallas de Jerusalén –Al-Quds, en árabe– se convierte en una misión prácticamente imposible. Afuera, a quinientos metros de la Puerta de Damasco, imponente entrada de la Ciudad Vieja construida en el siglo XVI durante el Imperio otomano, un pequeño restaurante ofrece bocadillos de falafel por un precio razonable (15 shekels, unos 3 euros). Una decena de personas –varones– miran, embobados, hacia la pantalla de televisión. Juega el Barça. Todos llevan kipá. Todos, menos uno. Mohammad, de 27 años y piel oscura, nació en el barrio musulmán de la Ciudad Vieja y suele ver aquí los partidos del Barça.

Barrio musulmán, Jerusalén / JAVIER BERNATAS GARAU

Barrio musulmán, Jerusalén / JAVIER BERNATAS GARAU

Entablamos conversación enseguida. Quiere saber por qué hablo árabe y qué hago en Palestina. A pesar de mi cautela y haciendo caso omiso de mis evasivas respuestas, el eterno conflicto entre Israel y Palestina monopoliza el diálogo. Comienzan las duras acusaciones al gobierno de Netanyahu y al estado israelí. A medida que sube el tono, nuestros dos compañeros de mesa –jaredíes ataviados con el característico sombrero de alas anchas y pantalón y chaqueta negros– se unen a la conversación. No llegan a la treintena y también viven en la Ciudad Vieja. Para mi asombro, acabo siendo testigo de una animada charla entre amigos. Los tres expresan abiertamente sus puntos de vista, diametralmente opuestos, y entre exclamaciones tremendamente reveladoras –“fuck Israel”; “fuck palestinians”– bromean y comparten bocadillo. Sólo Mohammad es bilingüe, por lo que se comunican en hebreo. Me pierdo, por tanto, gran parte de lo que dicen, aunque no me cuesta ningún esfuerzo captar la atmósfera de la conversación. Mohammad birla el sombrero de su interlocutor, se lo pone y me pide una fotografía. Todos en el restaurante ríen al unísono. No doy crédito.

Por desgracia, la llevadera convivencia que, con sus evidentes matices, predomina en Jerusalén, brilla por su ausencia en los Territorios Ocupados. Mención especial merece la siempre conflictiva ciudad de Hebrón (Al-Jalil, en árabe), de la que hablaré en la próxima entrada y donde los asentamientos israelíes en el interior de la ciudad convierten el día a día de sus habitantes en poco menos que una pesadilla.

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Buena suerte, Amman

JAVIER BERNATAS GARAU

Amman – Jordania   Leo desconcertado que Amman figura en algunas de esas estériles listas que tanto atraen a ciertos medios de comunicación. La publicación en cuestión muestra una relación de las ciudades más feas del mundo. Partiendo de ciertos parámetros más o menos objetivos –urbanismo, entorno natural, espacios verdes…– debo admitir que Amman no irradia belleza precisamente. No obstante, y desde la subjetividad propia de quien ha vivido y sentido una ciudad en sus propias carnes, me declaro desde hoy firme defensor del encanto de la capital jordana.

Han pasado ya algo más de cinco meses desde que comenzó mi periplo por Oriente Próximo. Llegué a Amman con una idea muy vaga de lo que iba a encontrarme en este desértico país que es Jordania. Y no me ha defraudado. Tirando de tópico, pienso firmemente que todo –todo– depende del prisma con que se mire. El caos circulatorio, la suciedad callejera, el desorden urbanístico o la permanente bruma que dibujan Amman no han sido más que actores secundarios que me han acompañado durante mi vida diaria y no solo no me han molestado, sino que me han ayudado a entender mejor esta ciudad.

Amman nevada, el pasado mes de diciembre / Javier Bernatas Garau

Amman nevada, el pasado mes de diciembre / Javier Bernatas Garau

Después de casi medio año afincado en la capital jordana, me he empapado de sus gentes, de su cultura, de su hospitalidad y de su religión. De sus agotadoras colinas y de sus innumerables mezquitas. He disfrutado de los omnipresentes arguiles, del milenario backgammon, del extendido tarneeb. Y, cómo no, de sus refugiados. Iraquíes, egipcios, palestinos, sirios, sudaneses o somalíes no solo conviven en este pequeño oasis de paz rodeado de conflictos bélicos, sino que conforman y definen el conjunto de la sociedad jordana. El Reino Hachemita es incompleto e incomprensible sin la valiosa aportación de todas y cada una de las comunidades de exiliados que lo habitan. Las cifras hablan por sí solas: más de la mitad de la población tiene su origen más allá de sus fronteras.

No hablaré aquí de los muchos atractivos turísticos de Jordania, que, por cierto, recomiendo encarecidamente visitar –mención especial merece el desierto de Wadi Rum, popularizado por Lawrence de Arabia durante la Rebelión árabe contra el Imperio otomano a finales de la Primera Guerra Mundial. Residir en este país me ha permitido, por encima de todo, hacerme una idea general de la magnitud del conflicto sirio.

La oleada de exiliados procedentes del país vecino desde inicios de 2011 ha puesto el foco mediático en este tranquilo estado, tristemente célebre por albergar el enorme campo de refugiados de Zaatari. Las tres visitas que he realizado al campo me han permitido hacerme una composición de lugar que de otra forma se me antoja imposible. “¿Quién viajaría durante dos semanas a través del desierto para vivir en un campo de refugiados si tuviera cualquier otra opción?”, se preguntaba hace unos meses Andrew Harper, representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR, por sus siglas en inglés) en el Reino Hachemita de Jordania. Cuando Zaatari abrió sus puertas en julio de 2012, nadie imaginaba que llegaría a ser el segundo campo de refugiados más grande del mundo –después de Dadaab, en Kenya– y la cuarta ciudad de Jordania en número de habitantes. El motivo de la explosión demográfica en Zaatari durante el último año está claro: las 110.000 personas que acoge actualmente el campo no tenían otra opción.

El campo de refugiados de Zaatari acoge actualmente a unas 110.000 personas / Javier Bernatas Garau

El campo de refugiados de Zaatari acoge actualmente a unas 110.000 personas / Javier Bernatas Garau

 “Cuando acabe la guerra volveré a Daraa, aunque mi casa esté destruida. Prefiero vivir en mi pueblo, bajo un árbol, que aquí”, me dijo una mañana de enero Lemiah, de 30 años, bajo el techo de su caravana, en el distrito número uno de Zaatari, a doscientos metros del improvisado mercado de la calle principal del campo –irónicamente bautizada como les Champs Elysées. Llegó a Zaatari hace un año junto a su madre, sus hermanas y los niños. La mayoría de sus vecinos de Daraa se alojan en tiendas y caravanas cercanas. “Los refugiados se han reagrupado en los diferentes distritos en función de su procedencia”, me explicó entonces Aoife McDonnell, responsable de relaciones externas de UNHCR en Jordania. Aunque a su llegada se les instala en los emplazamientos disponibles, lo cierto es que los refugiados no tardan en mudarse a las zonas más cotizadas de Zaatari: cerca de las escuelas, los hospitales y los baños comunitarios, o simplemente junto a sus vecinos en Siria.

El marido de Lemiah falleció en Daraa al inicio de la guerra tras ser alcanzado por el certero disparo de un francotirador afín a Al-Asad. “Mis hijos han cambiado mucho desde que llegamos aquí. Están más susceptibles y a veces se ponen agresivos”, prosiguió la joven mientras me servía un vasito de té hirviendo. Afuera, en las destartaladas y polvorientas calles del campo, los niños correteaban, no ajenos a la dificultad de la situación pero acostumbrados a la difícil vida en el campo. “Me preocupa su futuro”, me confesó, “aunque en cierto modo me siento afortunada. Hay gente en Siria que lo está pasando mucho peor que nosotros”.

Lemiah y una de sus hijas, a la entrada del que desde hace un año es su hogar / Javier Bernatas Garau

Lemiah y una de sus hijas, a la entrada del que es su hogar desde hace un año / Javier Bernatas Garau

En un primer momento, me impresionó el conformismo –optimismo incluso– con que encajan los acontecimientos la mayoría de refugiados con los que tuve la suerte de compartir un rato. Sin embargo, pronto llegué a la evidente conclusión de que no se trata, ni mucho menos, de conformismo, sino simplemente de instinto de supervivencia. ¿Cómo podría una mujer viuda, de 30 años de edad y tres niños a su cargo, conformarse y aceptar que han matado a su marido; que no puede volver a su pueblo; que cuando lo haga, probablemente su casa no será más que un amasijo de piedras; que la austera caravana donde tomamos el té será su hogar durante un tiempo indefinido; o que a sus hijos les han robado su infancia para siempre? Sin duda, Lemiah y tantos otros damnificados por el horror de la guerra saben que lamentarse no es la solución. Miran hacia adelante y aceptan las circunstancias tal y como llegan. La adversidad les ha hecho fuertes a la fuerza.

Zaatari es, en efecto, un triste ejemplo de las terribles consecuencias de la guerra en Siria. Pero hay más, hay mucho más. Más de 400.000 refugiados urbanos procedentes del país vecino se han instalado a lo largo y ancho del territorio jordano. La mayoría de ellos residen en su capital, Amman, donde no pueden sino esperar a que UNHCR los reubique en otro país. El gobierno de Abdallah II no les concede permisos de trabajo –su incorporación en el mercado laboral podría provocar un fuerte desequilibrio y, por consiguiente, consecuencias económicas insalvables– por lo que, en muchos casos, su existencia aquí carece de sentido. “Quiero volver a Siria, pero es demasiado peligroso, así que me gustaría ganarme la vida aquí, pero no puedo trabajar legalmente. Tampoco puedo irme a ningún otro país. Solo me queda esperar”, me explicó en la estación de autobuses de Irbid (al norte de Jordania, a pocos kilómetros de la frontera con Siria) Mahmoud, de 24 años y procedente de Dael, también en la provincia de Daraa. El joven resume así el sentir de los centenares de miles de refugiados que habitan Jordania y sobreviven como pueden gracias a las ayudas de UNHCR.

Desde que, en marzo de 2011, el gobierno de Bashar Al-Asad cortara de raíz las protestas iniciadas al sur del país exhibiendo una violencia extrema e indiscriminada contra su población, el número de víctimas mortales derivadas del conflicto supera ampliamente los 100.000. Es, según la ONU, “la mayor tragedia humanitaria” del siglo XXI. Especialmente delicada es la situación de los 1.200.000 menores que han abandonado Siria durante los últimos tres años. Un problema, el de los niños, del que alerta un reciente estudio elaborado por UNICEF, que prevé un futuro más bien negro para una generación que ha sido salvajemente privada de sus derechos más básicos.

Mercado de Irbid, al norte de Jordania / Javier Bernatas Garau

La región de Irbid, al norte de Jordania, acoge a más de 120.000 refugiados sirios / Javier Bernatas Garau

Líbano, Jordania y Turquía, todos ellos limítrofes con Siria, albergan a la gran mayoría de los damnificados por la guerra. Sus políticas de acogida de exiliados están amortiguando –en la medida de lo posible– los efectos del drama por el que están atravesando sus vecinos. Sin embargo, mientras el conflicto parece eternizarse, la situación en estos países no es sostenible a largo plazo. Son muchos los jordanos –taxistas, camareros o tenderos con los que he departido largos ratos a lo largo de estos meses– que me han expresado su temor a lo que pueda ocurrir en el Reino Hachemita si siguen llegando refugiados a este ritmo. “El precio del alquiler de viviendas está por las nubes y los salarios no paran de bajar. Muchos sirios trabajan en negro por una retribución inferior a la que exigimos nosotros”, me explicaba en una ocasión uno de los miles de charlatanes vendedores cuyos pequeños negocios de venta de tabaco, conservas, detergentes y bolsas de patatas chips inundan la capital.

No obstante, ciento cincuenta días después de aterrizar en Jordania, dejo el país con la sensación de que, a pesar de la fragilidad política y social que azota a los estados que le rodean, los habitantes del Reino Hachemita no tienen por qué preocuparse en exceso. Como dijo el estudioso norteamericano Arthur R. Day hace ya varias décadas, “Jordania es el clásico Estado tampón. Ninguna potencia vecina puede consentir que caiga bajo la influencia de cualquier otra”. Y añadía que se trata de “un caso raro en Oriente Próximo de Estado moderado y civilizado”. El periodista Javier Valenzuela concluyó con acierto que “Jordania es la llave de la solución del problema crucial en la región: el palestino”. El Hachemita, donde huyen la inmensa mayoría de habitantes de Cisjordania y la franja de Gaza desde 1948, es, por tanto, un reino tremendamente útil para Israel y Estados Unidos, que tantas ayudas económicas otorga al país. Los ingresos derivados del turismo, las mencionadas aportaciones económicas procedentes del otro lado del Atlántico o el elevado porcentaje de la población que tiene estudios universitarios son otros de los indicios que arrojan algo de luz sobre el incierto futuro de Jordania.

Y desde una de las miles de azoteas plagadas de antenas de televisión con curiosa forma de torre Eiffel, bajo el efecto embriagador de las infinitas y simultáneas llamadas a la oración que retumban entre las colinas de la ciudad, me despido de esta, la que ha sido mi casa durante los últimos meses.

Buena suerte y hasta pronto, Amman.

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